Abrir y cerrar puertas, un día, otro, cientos de camas, cientos de vidas, Iris juega a imaginarlas cada mañana, algunas se repiten, otras son anodinas, pero de vez en cuando, alguien se cuela entre sus pupilas y cree ver más allá de las maletas, más allá de la ropa colgada, incluso más allá del cepillo de dientes, olfatea un olor nuevo, un olor que la embriaga.
Pero los días se entrecomillan, y acaban pareciéndose unos a otros como las gotas de una lluvia temprana, nos salpica al despertar, como el polvo que descansa sobre la mesilla, que no desaparece solo gravita detrás de cada puerta, y un día tras otro, Iris vuelve a buscar la maleta que la llevó a otros mundos, el olor a hombre que le devolvió la certeza que sus labios tenían tacto de melocotón.
Intenta encontrar tras la puerta, el recóndito lugar donde abonado queda el lecho, donde descansar las tierras y sudar los cuerpos, porosos y lánguidos. Y cerrar los miedos, amontonando las caricias, puerta tras puerta, olor tras olor.
Iris escarba entre el salitre para hacer que sus uñas crezcan, y desfilen sobre la tierra, y abonen sus días, y la hagan descansar cuando amanece, y tras la nueva luz solo la esperan nuevas puertas, nuevos olores, pero solo busca una maleta, donde quedó escondido un leve roce de melocotón justo en el lugar donde su placer se atrinchero, a la espera de un nuevo abono
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